¡A mí Villaverde, no! (III)
Los recuerdos felices.
Me ha pedido mi padre que recuerde los momentos felices en el barrio. Viví allí catorce años - de los cinco a los diecinueve- y supongo que por estadística tiene que haber, pero algo en mi memoria los ha encubierto.
Tengo recuerdos agradables, como la sensación de moverme por un entorno muy conocido. Sabía el nombre de los tenderos del mercado: Emilio era el frutero, Manolo el pescadero, Mari la de la panadería… puedo aún recordar. Y recuerdo con mucho cariño el trato de la pollería Yolanda, a quienes saludé la última vez que fui.
Mi recuerdo más cálido es el de estar toda mi familia en el bar Galicia, mis tíos en la barra, mis tías en las mesas, todo lleno de pipas y cañas de cerveza mientras mis primos y yo jugábamos en la calle. Entrando y saliendo del bar, con barra libre de Trinas o Cocacolas. Eso podría ser un buen recuerdo.
Otro día divertido fue cuando mis bisabuelos querían deshacerse de un sofá, y lo bajaron a la calle para que lo recogieran del Ayuntamiento. Lo vimos mi prima y yo y estuvimos todo el día en la calle en ese sofá increpando a cada despistado que pasaba por la calle, alegando que era nuestro salón. Y nadie nos detuvo. Supongo que esa libertad, esa sensación de estar en un pueblo sí era otro buen recuerdo. Tendría unos 10 años.
También me gustaba cuando mi padre me recogía a diario de la academia de inglés. En la pista de antes de llegar a mi casa echábamos una carrera que nunca ganaba. Ni aún dándome ventaja.
Recuerdo y quizá ensombrece que tenía prohibido dar la hora, por si te robaban el (peluco) reloj. Y lo que más me dolía era no poder ir en bici ni tenerla en mi barrio. Siempre las robaban.
Me pasé mucho tiempo pidiendo tener una bicicleta sin éxito. Un verano mis vecinos más mayores que sí tenían, quedaron para dar una vuelta en ellas. Se iban con el padre de Laura, una niña más pequeña que yo. Recuerdo como si fuera ayer ver a la policía llegar a la urbanización y notificar que habían atropellado a este padre en la calle de al lado y se habían dado a la fuga. Recuerdo a su mujer llorando. Incluso recuerdo que contaban mis vecinos traumatizados que habían visto el cerebro del pobre hombre pegado al capó. Esa imagen inventada en nuestra memoria quedó por mucho tiempo. Y por supuesto no ayudó a convencer para tener la bicicleta en el barrio.
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