¡A mí Villaverde, no!

Episodio 1º


 "¡A mí Villaverde, no!" me dijo mengana una noche al acercarme para pedir explicaciones educadamente sobre unas aserciones sin relevancia. Lo reconozco, la frase me caló. Lo que puede ser una circunstancia arbitraria se había convertido extrañamente en un atributo, algo que para ajenos me describía o que incluso intentaban ofenderme con ello.

He divagado mucho desde entonces sobre cómo a lo largo de mi vida el haber nacido en el extrarradio de Madrid ha sido determinante en mi vida. Específicamente en dicho barrio. 

Yo misma he experimentado un amor odio hacia él, pero era más por carecer de Metro como medio de transporte y suponerme tres cuartos de hora llegar a Tribunal, por donde salía en mi adolescencia. Curiosamente me enteré por el certificado de defunción que mi abuela paterna nació en la calle Postas (¡soy gata de pura cepa!).

Volviendo al tema comenzaré a describir mi barrio a través de mis sensaciones y recuerdos tempranos: Mi madre nació en una clínica en Chamberí y mi padre en una casa del propio Villaverde.  Éste dejó de ser pueblo en 1954, cuando ambos eran niños, y pasaron a vivir en un barrio de la periferia, pero aún conservando la esencia de pueblo, con su plaza principal y la sensación de comunidad. Mi madre me contaba que mi bisabuelo era quien llevaba en coche a las parturientas.




Cuando era niña perduraba esa sensación al ir con mi madre al mercado (me recuerdo tirando del vestido de mi madre para movernos y que dejara de hablar con vecinos). Pero había algunos apuntes que no correspondían al ambiente tranquilo de un pueblo: La droga en los años 80 (yo nací en 1981) golpeó fuerte en todo Madrid y Villaverde no fue una excepción. En la plaza de Ágata se podía encontrar a un grupo de "yonquis" que no eran precisamente anónimos, eran el hijo de la señora María... (no sé quién era esa María pero mi madre sí parecía conocerla). Como consecuencia, tenía prohibido sentarme en el césped de los parques públicos, ya que se encontraban de vez en cuando jeringuillas con sangre. 

Mi vida continuaba tranquila, iba y venía del colegio atravesando el barrio sin problemas desde pequeña. Bueno, algún gitanillo me intentó levantar la falda del uniforme por el camino. La verdad es que eso sí lo percibía como un problema a mi edad: el tema de la comunidad de gitanos que allí residía. En los años 80 construyeron unas torres de protección oficial en las que se realojó familias de esta etnia y otras familias dentro de las que algunas resultaron problemáticas para la convivencia en el barrio. Estas torres estaban al otro lado de una carretera bastante amplia desde mi casa. Recuerdo que los repartidores de pizza me preguntaban a qué lado de la calle estaba porque en la otra acera les robaban la moto.



Una vez me crucé con mi madre con un chico de esots pisos que había visto en la panadería varias veces, al cual no sé por qué le caí en gracia. No sé en vuestros barrios, pero aquí era habitual cuando yo tenía unos 14 años aquello de "va a venir fulanito/a a pegarnos". Pues bien, vinieron, y este chico se me acercó poniendo la mano en mi hombro mientras decía: "¡a esta no la toquéis que es mi amiga!" Así que al cruzarme con él nos saludamos sin pudor y al preguntarme mi madre le dije: "hay que tener amigos hasta en el infierno".



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